Ayer no le dí importancia alguna, el que su carpa quedara justo al lado de la nuestra no me molestaba y como la cosa no pasó de un saludo convencional no reparé más en su presencia. Por lo poco que había escuchado cuando se puso a conversar animadamente con el matrimonio mayor, que está del otro lado, supuse que se trataría de una tía viuda, con un buen pasar, propietaria de algún dúplex en la costa. Gruesa conclusión.
Hoy colmó mi paciencia y gracias a ella aún sufro una contractura cervical que casi me inmoviliza. Luciendo un traje de baño de una sola pieza, animal print, su rostro redondo y brillante como un as de oros, llegó arrastrando su enorme continente y tras dejar sus coloridas sandalias y pertrechos en su carpa, se vino de este lado, aposentándose junto al matrimonio mayor. Al cabo de unos minutos dejó de ser “viuda”, cuando llegó el que parece ser su esposo, un sesentón de no menor porte, que a juzgar por lo sumiso y monosilábico manda en casa menos que el perro o está resignado a su existencia.
Con voz cuidadosamente atildada y arrastrando cadenciosamente las vocales, la gorda tomó la posta e inició su larga diatriba, demostrando que sus conocimientos generales superaban la media de sus interlocutores. Conocía a todos ésos cuyos nombres trataban en la conversación, vida y obra de ellos, de sus hijos y hasta la textura de los pañales de sus nietos. Nada paraba en su boca, desde el casamiento del hijo menor de fulana hasta la suerte que había corrido mengano después de jubilarse. A los diez minutos ya había logrado lo que quería, dar a conocer a los demás, incluyéndonos, que ella sabía todo acerca de todo, especialmente cuando se trataba de posesiones y bienes materiales. Sentada a horcajadas de la silla de playa -no hay otra forma de describirla- y a medida que el sol se recostaba en el boulevard, habló durante todo el tiempo y ahí quedaba, haciendo lo propio, cuando nos fuimos.
No suelo ser un tipo abiertamente simpático pero Dios sabe que intento superarlo, la mayoría de las veces con éxito. Soy parco y más bien discreto, pero amigable al fin. Sin embargo, en este caso no creo que pueda esmerarme demasiado en lo que queda del mes. Una de dos, o la ballena cierra el pico o mis retorcidos y ominosos deseos se harán realidad, voto a Moby Dick!...